La Casa del Cuatro. (1)
SilviaBarberini
Eldorado (Mnes)
La casa está húmeda, se llena de hormigas, de arañas e igual vienen las ratas. Sus hijos dicen que ella quiere verla tal cual era y no como es hoy. Tablas encimadas.
Tabla junta tabla, así eran las casas. Pisos cimentados sobre tirantes macizos y cepos de guayubira. Islas flotando en espacios despejados. Después, con el asfalto vino el barrio. Pero Ada, con noventa y tres años, y la conciencia del tiempo, seguía esperando vivir y para ella eso significaba mantenerse en pie, igual que la casa. El piso comenzaba a ceder, los tablones se separaban y hacía unas noches atrás había escuchado que querían subir las ratas.
Pensó en los gatos, ellos deberían espantarlas, aunque no las cazasen, por los olores, que se contraponen, pero no. El Negro y el Tiri, se colaban entre las maderas, iban por todos lados, marcando territorios, ellas seguían ahí. De eso estaba segura, de que eran ellas, de ser ellos, no podría saberlo, no reconocía sus olores y los gatos? Por qué los gatos no las conocen? se decía.
Esa tarde Ada estaba sentada en la galería que da al sur, después de la siesta, escuchó que alguien se aproximaba ligerito, cruzado el parque y se levantó inmediatamente para recibirlo, acomodando la mano derecha en la cintura, sosteniendo la espalda, curioseando, veía poco y hasta se encontró contándole al tal Medina .
- Máis, no sé! llega el verano y yo quiero estar fresca, aquí, en la galería, preparo mi mate después de la siesta, me siento y estoy. Hay días diondos y por más que friego y friego persiste. Y ya tampoco mucho puedo fregar. Máis no se ven, es el olor.
Ada había ido perdiendo la vista, el resto de los sentidos estaban intactos. Podía escuchar el motor del auto de su hijo Celso viniendo del cinco por la calle de atrás, y sabía perfectamente cuando adentro le hablaba ese sexto sentido.
Aunque a veces y según la hora, no viese más que sombras, tocaba la fruta y sabía qué tan podrida estaba.
- Mi nieto pregunta - decía Ada Abó, vos olés? Qué olor tienen las arañas? Yo no siento nada. -Máis se huelen!
Aunque no le hablaba nunca de ellas. Ada pensaba que podrían asustarlo, y él era la inocencia, el rocío que esperaba cada mañana, después de haber peleado la noche con esa carroña a la que le venía bien roerlo todo.
- A veces las escucho en el cielo raso, pero como todavía esta entero, bah! no molestan tanto, mientras estén bien puestas las alfombras del piso y no suban! No las soportaría en la cama. No. No sé cuales son sus bondades, alguna tendrán, comerán osamenta de viejo, pero no tengo apuro y hasta a veces quisieran tengan cabeza, que sea lo que puede una detener, pero no.
- Ada, Ud. tendría que considerar la posibilidad de mudarse, no volver, dejar que la casa …
- La casa es mi casa, que voy a hacer yo allá, estuve una semana, dijeron que para que me vaya acostumbrando, máis acá estoy bien! Prefiero mi ventana, o aquí, la galería.
Miró por la ventana? Venga vea.
Una de las ventanas del frente de la casa del 4 parecería dejar espiar la existencia, sustancia e identidad en la que puede desarrollarse una vida. Dando marco la yaboticaba y los bananos, colándose casi en el centro del parquizado: la pitanga. El bajo, los techos de chapa pintada de rojo del otro barrio y en el horizonte la ruta destacándose, serpenteando grisácea y llevándola a tantos lados. Cómo podrían complacerme las vidrieras, se preguntó en voz alta.
- Yo sé, -le dijo a Medina- te llevan y desde ahí, se está a un paso. No es bueno sentarse, igual llega. Hay que estar atenta cuando a una la rondan. Por eso a la noche… -dijo. Mientras se iba quedando callada, en silencio, dominada por sus pensamientos.
Ada había estado en el geriátrico, al que ella nombraba como la sala, y si bien reconocía que la trataban bien, decía agachando la espalda: - Me quedo así, sin ganas - y bajaba la cabeza en gesto de indiferencia. Pero sus hijos no confiaban del todo en sus mohines de desgano, Ada había sabido conseguirse lo que se necesita en la vida.
Medina la escuchaba preocupado, sabía que no podía mucho más que dejarla hablar, descargarse, no tenía importancia que él lograra la razón sino que ella lentamente fuera razonando que no tenía muchas posibilidades, que iba a tener que cambiar.
Los médicos, en un algún momento, habían considerado comenzar con períodos de estadía cortas, hasta que ella vaya incorporando el nuevo espacio y acepte la incomodidad que le provocaba el no atenderse a si misma.
Ada le hablaba al doctor Medina, sin tener muy en claro si lo era, o si sería el marido de aquella de la panadería. Entonces le refirió la anécdota. Le contó que la ventana de la clínica daba a la calle y mostraba en la vereda de enfrente una panadería, mujeres y hombres entrando y saliendo.
- Si, hombres también, decía ella. Ahora no cocinan, bueno, no tanto y ellas me ven, unas me miran, otras no, pero me ven… Y se detenía cayendo en la cuenta de que él se presentó y dijo:
- Medina -pero ya no sé acordaba bien porque lo invitó a sentarse y le daba vergüenza repetir una pregunta.
Le contaba que la otra mañana, mientras estaba esperando que Celso la vaya a buscar, el lunes, ahí, en la sala, vio a través de la ventana a una mujer de tantas, entrar y salir de la panadería, y que al cabo de no mucho rato esta volvió a entrar, por lo que ella pensó que se había olvidado algo, alguna cosa, pero como cuando salió no llevaba nada que la delate en una nueva compra, Ada consideró que no era más que para mirarla y culparla por estar viendo.
- La descubrí, tenía broca! Las mujeres me miiran, como si fuese una mercadería. En el centro esta lleno de vidrieras. Aunque me pregunto que tiene de malo que yo este ahí, qué voy a hacer? Y después “meior” que esa mujercita son estas que me persiguen. Porque a las pobres no se les descubre tan fácil la rabia - y agregó - máis no disparan de los gatos eh!
Están ahí, se meten debajo de las tablas. Quisiera sacarlas, no sé si matarlas, no sé si valga matarlas, porque igual, nunca terminan, pero sacarlas.
He hizo un silencio, esperando que el hombre hiciese alguna referencia a la panadería.
Sería el doctor se dijo Ada y siguió en el pensamiento de aquella mujer que la había observado con un poco más de fijación que el resto y conjeturaba. Decía que nunca la había visto, pensaba que estaría enojada porque tal vez sentía que ella no podía parar, que estaría siempre apurada, como cuando se es joven y la vieja ahí, perpetua, sin moverse, sin hacer .
- Yo digo lo mismo, pero ella como va a saberlo?, concluyó Ada.
Medina comprendió que todavía no iba a escucharlo, así que se prestó a ser todo oídos hasta encontrar el hueco por donde colarse, como para ir convenciéndola. El era quién sabía que no eran ellas.
Sabía lo duro que iba a resultarle a Ada dejar su lugar, su casa, pero ya no podía vivir sola,
el desafío era como convencerla para que sea dócil, una mujer qué se había pasado la vida resolviendo por sí sola, por sus hijos, decirle que de esa casa no quedaba más que centro, el resto...
- Cómo puede pensar el Celso, -dijo ella irrumpiendo en el silencio- que vaya a quedarme en esa ventana? Ni pensarlo. Porque la de la panadería tampoco sabe, pero cuando estoy ahí sentada, tengo lo que ella tiene: bronca. Parece que todos quieren hacer sólo lo que se les viene en ganas. Ahí esta el Celso, queriendo llevarme, o me molesta, vienen con el electricista, revisan, corren los muebles, y no las encuentran!
Entonces seguía con otra anécdota que la iba llevando devuelta a los ruidos, a esa realidad que no podía discernir, si venía de ella misma o de afuera.
- La otra tarde Celso mató una víbora que se había metido por allá, ve, por ese hueco, ve? Entre el modular y la pared, al costado de la ventana.
Hacia demasiado calor, los bichos buscan el fresco, como nosotros, no me molestan, estoy acostumbrada. Y él dale que quería matarla!
Pero y la noche? Sólo ella sabía como peleaba. Se le plantaban los ojos entre las tablas, sobretodo cuando el Negro y el Tirica dormían, y aunque los llamase una y otra vez, parecían entrar en un sopor del que no podía sacarlos. Venían los pasitos, ruidos como de algo que chocaba y el olor, el olor era fuerte.
- Buscan y buscan entonces me levanto y camino, me buscan, y camino hasta la habitación que da al fondo, ahí dormía mi hija antes de casarse, y pienso que quizá sea por eso que parece que me llama. Mais ella está bien. Entonces voy a la cocina, y en la despensita revuelvo, ahora no junto tanto, tengo frascos y frascos, entonces es Nena que me susurra: mamá.
Debe de ser por el Celso, me digo, que quiere arreglar la casa y están espantadas.
Cómo si fuésemos en kilómetros solas, ellas y yo, y al resguardo de la noche el jardín entero fuese tomado por el monte y vuelto y sola, peleo. Sin saber a que vienen ellas, o ellos, porque el olor no alerta a los gatos. Y le digo y me digo, máis no entiende. -Es para cuidarla mama- dice Celso. Siempre me cuide sola, ahora porque estoy vieja? El también esta grande
- Dice que Ud. dice que el problema son las piernas. Estoy bien, le digo, a donde voy a ir? No camino y listo, él no va a venir a la noche, mientras me quede adentro de la casa?
Sé que si me llego a quebrar estoy lista con estos huesos deformados. Cómo no? Máis, estoy bien, no sé porque él insiste si ni sabe del olor, y ni quiero que sepa, me mandaría un cazador y si empieza a cazarlas, tendría que venir a instalarse a la noche y ... Yo me arreglo remató.
Aunque en los últimos tiempos comenzaba a notar que sus objetivos se empobrecían y creía que si no se mantenía en movimientos circulares indefectiblemente alcanzaría el precipicio.
- Últimamente, decía, ando un poco rara, como si me ahogase, como una planta, como si estas malditas me estuviesen regando sin parar todas las noches hasta matarme. Estoy cansada, pero no puedo contarles esto a mis hijos!
Ada era brasileña, austriaca de madre, padre y hermanos. - Llegué cuando llegaron - contaba. Después se cruzó a Misiones con las chicas chicas y dejo a Celso con el padre, un camionero del que siempre se sabía cuando salía pero no cuando volvía, y Ada no era mujer para andar esperando. Así que se instaló en una chacra en Alem, Celso busco a su madre más tarde, ya adolescente, y cuando todos estuvieron casados ella se acomodó en la casa lindera a la de su hijo en el cuatro.-
- Usted tiene razón Medina, la bruma se mete en los huesos y hasta se los tuerce, la deja a una como a un arco sin cuero, puro tronco, pero que voy a hacer yo en la sala, si igual el agua no puede pararse.
Medina ni la desmentía, ni le resolvía la intriga, la escuchaba y de vez en cuando acompañaba la charla.
- Ud. se acuerda, antes, seguro era chico, acá atrás era monte, después estaba la antena, se acuerda parecía leejos, todo verde, pura agua, las ratas no molestaban, se iban al maizal, tenían donde comer o yo las cazaba, no como ahora que se meten debajo de la casa, se esconden, las huelo pero, estoy distraída. No es que no me importe lo que pasa, es que me canso, me canso de hablar y de escuchar, también -.
Y nuevamente le comentaba sobre los arreglos que quería hacer el hijo en la instalación eléctrica, en los caños - Hace cuarenta años que están - le contestaba Ada - y nunca tuve problemas.
- Justamente mamá, hace cuarenta años y el que baila después soy yo!
- Y bue, qué haga! Mientras no descubra que me buscan. Porque están, yo sé y no quiero volver a aquella ventana, no hasta que pueda dormir. Por qué Ud. Doctor, pegunto casi aseverando y con la última palabra, Ada recobró la vista.
Olió.
Entonces la sangre se le agolpó en la piel, quiso dar unos pasos hacia atrás, tal vez cubrirse, la ansiedad en la garganta, los ojos esquivos, quieta, estática, bombeaba temblado, arrinconada.
Habrán sido las seis de la tarde y a esa hora, cómo iba a esperarla?
(1) distancia en km. partiendo del río.
Breve Reseña biográfica de la autora
Barberini Silvial. silviabbarberini@yahoo.com.ar - - Actividades no Rentables: (Biografía escrita por la autora de este cuento) - Afición a la poesía. -Participación activa en Taller de escritura: Plaza Once a cargo de Lic. Maria L. Canoso, durante los años 1990 al 92, donde obtengo distinción.- adjunta copia de Certificado. -1994 intento panfleteando iniciar un taller de escritura, pero fracaso. Sigo en la producción y voy a tardar casi diez años en aventurarme a la literatura misionera. -Obstinada lectora. -2004 decido acercarme a los Demente Azul, ese mismo año se publica en agosto, en formato artesanal el libro I-rrecuperables, para participar de la Feria del libro Artesanal de Aristóbulo del Valle, todos los ejemplares regalados. Sin perder el tiempo, en noviembre, participo de la antología El Agua es vida, la vida es como el agua, Segundo Encuentro de Escritores Eldorado y los años siguientes antologías: Andresito Guacurarí y Los cuatro elementos. -2008 Participo del Concurso 2008 por el Libro de Oro y Plata, y obtengo nominación para el Libro, Posadas -adjunto certificado correspondiente. -2007 hasta hace unos meses, formé parte del staff de Norte Misionero, diario digital, cómo colaboradora del Suplemento Cultura. -2008 Edición artesanal de poesías en formato pdf.: Ondular. Todos los cd regalados. Sin reserva de derechos. Al día de la fecha, llevo leudando una vasta, dilatada producción, sin publicar, por causa de la resistencia. Me resisto a las publicaciones de autor, más aún, me resisto a que la distribución y venta de los libros quede sin más remedio en manos de los poetas.-