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Séptimo Encuentro de Escritores
Eldorado 2009
"Leyendo Leyendas"

La Chacra del Floriberto

Aurelio “el charrua” Benítez

Posadas (Mnes)

-¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Estuvimos en la chacra de Floriberto, comimos muchas frutas! -Gritó Claudio mientras seguía corriendo junto a Juan y Cintia hacia el fondo de la casa donde el abuelo les había armado las hamacas, debajo de los mangos. La bullanguera aparición ignoró el silencio que habían producido sus palabras. Floriberto era un misterio, nadie lo había visto nunca. Pero todos, en esa zona de selva y chacras, sabían, que de alguna forma, existía.

-¡Otra vez! -dijo finalmente Romualdo mirando a su mujer y reavivando innecesariamente el fuego de su pipa.

-Si, viejo, otra vez, y siempre son los niños que encuentran la chacra de Floriberto.

-¿Cuál es el misterio, Josefa?

-No lo sé, viejo, pero, ¿para qué te preocupas? No es algo malo, es un misterio y nada más.

-No me preocupa, Josefa, me intriga. Hace más de medio siglo que vivimos en este lugar, fuimos los primeros pobladores que llegamos, cuando aquí todo era selva.

-No Romualdo, aquí ya había gente, los verdaderos dueños, los guaraníes

-Es cierto, y también estaba El Protector de Todo. No sé quién le puso ese nombre: Floriberto. Jamás lo vimos, ni encontramos su chacra o su casa.

-Pero sabemos que existe. Quizás sea sólo un espíritu, pero tiene existencia, ¿te acuerdas? cuando recién llegamos y sólo teníamos poco más que nuestras manos jóvenes, ávidas de trabajo.

-Y a veces pasábamos hambre…

-Solíamos encontrar en nuestra picada…

-Canastos de frutas…

-Huevos frescos de nambú…

-Mandioca…después supimos que era “él” que los dejaba.

-¿Quién es Floriberto, Josefa?

-¿Quieres saberlo? pregúntale a los chicos, recién vienen de ese lugar mágico.

Los chicos, los hijos de sus hijos, vivían en Posadas, y si pudiesen volarían como bandadas de pájaros para llegar más rápido. Así esperaban las vacaciones para venir a la chacra de los abuelos, al Paraíso.

-¡Juancito, Cintia, Claudio, vengan a comer! -gritó la abuela Josefa, pero en su mente bullía otra intención.

-Abuela, no tenemos hambre -fue la respuesta de Cintia, esa dinámica abejorra morena que era su nieta preferida.

-Ya lo sé, comieron muchas frutas, pero igual…

-¿Cómo es Floriberto, Cintia? –preguntó de sopetón el abuelo, con la intención conseguir algo espontáneo en la respuesta.

-Tenía las manos llenas de frutas, abu

-Sí, pero él…

-Reía, sólo reía -agregó Juan que tenía la cara manchada de jugo -y nos dio agua fresca que sacaba de las piedras, pero era la risa nomás…

-Claro, pero él…

-Es re bueno, abuelo, como vos.

Y no hubo más información, tenían que conformarse con las acciones que encerraban algo incorpóreo, eso parecía ser la esencia de Floriberto.

Los chicos salieron volando hacia la fresca sombra del mangal en esas vacaciones sin tele, celulares, computadoras, ni maestros: la chacra del abuelo, la selva…y Floriberto.

Y el abuelo, don Romualdo Almeida, quedó una vez más rumiando su incertidumbre. Había llegado -como le gustaba contarlo- “abriendo picada con las manos” en el monte, hasta el lote fiscal que le adjudicó el gobierno y que luego, con mucho esfuerzo, él y su mujer transformaron en propiedad.

Hombre de memorias antiguas, de creencias necesarias en esos lugares, y necesariamente filósofo formado por circunstancias naturales y de las otras, de esas que no se explican, y ni falta que hace. Hombre cabal, producto de la dura vida en el monte misionero.

Esa realidad incierta, si es que algo así es posible, le produjo en este momento la necesidad de fumar, y ya con la pipa en la boca se recostó en su viejo sillón. La fresca sombra de la enredadera de madreselva lo hizo adormecer, o dormir, ingresando a ese estadio mental donde se mezclan vivencias reales con imágenes oníricas, que al final suelen ser esclarecedoras, si se posee la capacidad de penetrar a ese no-lugar interior, a esa dimensión abstracta tan cercana a la nada.

Regresaron a su mente muchas vivencias que le habían sido referidas en el transcurso de años, pero una en especial lo había hecho vibrar emocionalmente y jamás pudo olvidarla, porque consideraba que resumía a todas las demás. Se la había narrado un viejo arandú mbyá guaraní que fue su amigo.

-Nadie lo vio nunca -le dijo el viejo en aquella oportunidad, mientras con una ramita trazaba un círculo en la tierra reseca, y dentro de él, una figura incomprensible.

Todo el lugar que rodeaba los ranchos de la aldea estaba desprovisto de vegetación debido al pisoteo constante. Se habían sentado debajo de un gran árbol de mango, en troncos toscamente labrados a hacha en la parte superior. Sabía que era inútil hacer más preguntas; él, con la eterna parsimonia de su raza, diría sólo lo necesario, marcando con pocas palabras los hitos esenciales del relato. Los prolongados silencios eran espacios vacíos que debía llenar con su imaginación.

-Casiano, ¿cómo es el Floriberto? Le había preguntado apenas llegó, aunque presumía que él ya sabía el motivo de su visita. Lo miró en silencio un largo rato, y luego pronunció aquella sentencia. “nunca nadie lo vio” Después agregó muy bajo…porque no miran con los ojos del alma…porque no saben anudar el tiempo infinito con los millones de almas que lo sustentan y le dan razón en esta Tierra Sin Mal.

Con esas parcas frases regresó Romualdo a su casa -¡la pucha! -se dijo a sí mismo- qué embrollo me metiste en la mente sabio amigo.

Cuando llegó al lugar de donde no se había movido, los niños exultantes, saltaban y cantaban en el patio de tierra; habían formado una ronda y giraban como una calesita multicolor. Parecía que no habían oído cuando el abuelo les preguntó: chicos, ¿lo vieron al Floriberto? ¿cómo es? cuenten…y ellos reían y giraban con sus caras manchadas de moras, de guayabas, de alegría; de pronto, sin mirarlo al abuelo, que se mecía en su sillón, la abejorra dijo: Floriberto habla, mejor dicho, parece nomás que habla, pero uno entiende porque es muy dulce, me dio un puñado de pitangas.

-Es medio mago, yo quería una guayaba madura que estaba muy alto en el árbol, y de repente apareció en mi mano, -agregó Claudio sin dejar de reír y saltar. Y siguieron diciendo cosas; -es re-bueno, sólo sonríe, el agua brota de cualquier piedra si vos sentís sed, y es muy fresca. -Yo no sé si lo vi, abuelo, parece que uno lo siente nomás- agregó la mayor de sus nietas- ¡pero es tan bondadoso!

Y siguieron girando y riendo, y de ese torbellino de felicidad que formaban los niños, del centro de ese círculo que encerraban con sus cuerpos y con las bondades que fueron contando del misterioso amigo, fue surgiendo una fuerza invisible, poderosa, fresca, perfumada por miles de pétalos que llovían de la nada traídos por una brisa que surgía de todas las direcciones y convergía allí, en ese lugar donde la inocencia giraba conformando una instancia de mágica pureza.

Fue como si la noche se hiciera claridad, como si lo oscuro y la luna se metieran en el sol para conjugar ese cosmos reducido y concéntrico que giraba encerrado en un anillo de bronce y crenchas hirsutas de una Raza que canta y llora su despojo.

Don Romualdo, el abuelo, contemplaba el espectáculo, perplejo y maravillado, veía, o creía ver, que las flores sonreían, que las hojas bailaban en las ramas, que el agua del arroyo canturreaba.

De pronto miles de pájaros, seguro todos los pájaros de la selva, giraban en círculo en la altura, y descendían suavemente, trasmutando en niños de piel cobriza que entonaban un himno de infinita dulzura. También las aguas y los peces surcaban los aires. Y la irrealidad mágica continuaba, y de esa vorágine surgían venados, nutrias, acutíes, conejos. Todos los animales silvestres estaban allí.

Pero ahora corrían despavoridos porque un calor inmenso los espantaba, y de tanto girar fueron cavando una fosa cada vez más profunda en la Tierra Madre, hasta que desaparecieron en su interior. Y todo fue silencio. Inmenso. Profundo. Los niños provocadores involuntarios del milagro, se habían ido.

Entonces don Romualdo, sintió un estertor en el pecho y se enderezó sorprendido, mirando en todas direcciones con el éxtasis mordiéndole el alma, con la incredulidad yaciendo vencida por un cúmulo de vivencias maravillosas, que recién en su vejez, comenzaba a entender.

Lentamente giró hacia donde estaba su mujer, y le dijo: -Josefa, ¿lo viste, verdad?

-¿A quién, Romualdo? No vi a nadie…

-Yo tampoco, pero lo sentí, estuvo aquí.

-¿Quién? ¿Floriberto, acaso?

-Si “eso” tan poderoso que penetró en mi conciencia, y me hizo entender las palabras de aquel viejo Arandú, es Floriberto, entonces… ¡Oh, TUPÁ, cuantas formas maravillosas tienes para manifestarte!





Viernes de Luna Llena en Tacuapizal

(Sátira)

Aurelio “El Charrua” Benítez

Posadas (Mnes)

Tacuapizal es un pueblito nacido de una torcida elucubración mental, que premeditadamente lo ubica en uno de los lugares más agrestes y pintorescos de la serranía central de la provincia de Misiones. Si en la credulidad del hombre cohabita la fantasía, Tacuapizal existe, y la imaginación descubre los intrincados vericuetos para llegar a él.

No es fácil, pero una vez logrado, es mucho más difícil salir, porque allí lo inverosímil es cierto, y el racionalismo, una entelequia virtual.

El entramado de todo tipo de irrealidades y quimeras son comunes en su devenir cotidiano, porque todas las vivencias de su entorno real, se concentran en ese lugar como si Tacuapizal fuese un ombligo succionante que las atrae, y en el enredo de sus fuerzas caprichosas, las transforma con maquiavélica ironía.

También tienen allí su madriguera todos los duendes de la selva, aunque no son exactamente como la superstición los pinta en el imaginario popular, sino más parecidos a los habitantes humanos del pueblo de los que han heredado sus debilidades.

Por eso no fue raro que en un país (machista) donde todos los lobizones son machos, Tacuapizal tuviese una lobizona.

Para desconcierto de los incrédulos, era orgullo del pueblo; orgullo medio escondido porque los lobizones, aunque sean hembras, no son cosa que uno quiera tener por novia. Pero a pesar de eso, no sólo era su orgullo, sino un recurso turístico, en especial para la gente de ciertos países europeos que disfrutan con estas cosas.

“El único pueblo en el mundo con lobizona hembra”, desparramaba internet, y los gringos venían en bandadas, con verdaderos arsenales de aparatos para captar imágenes, y llegaban a ese pueblo selvático, que por añadidura, no tenía luz eléctrica lo cual hacía más tétrica la leyenda.

Las noches de luna llena Tacuapizal se atiborraba de periodistas de TV, cineastas, buscadores de extraterrestres, candidatos a concejales, y hasta la amancebada prensa amarilla se olvidaba de la soja y liberaba las rutas.

Había algunos, que de tan fantasiosos, para poder verla, se disfrazaban de árboles o arbustos con la esperanza de ser bendecidos por la suerte y orinados por la gran perra. Porque decían que la lobizona se transformaba en una inmensa perra-loba de centelleantes ojos y afilados colmillos.

Así la querían ver a la Petronila en su trasmutación, porque todos en el pueblo sabían que la lobizona era la Petronila, la menor de las hijas de la Viuda Serial.

Pero nadie la había visto en su doble personalidad de mujer y loba.

Bueno, todos no. Porque el “finadito” Setembrino, aseguraban que la había visto, y bien vista.

Así ocurría, que al día siguiente, los visitantes decepcionados por no haber avistado a la lobizona (los flahses la cegaban) acudían en masa a consultar al “Finadito Setembrino”. Porque el finadito Setembrino no había muerto como los demás finaditos. Estaba vivo ¡y muy vivo! Bueno, esa es otra historia de Tacuapizal, pero como por ahí se trenza con ésta, mejor la explicamos.

Dicen en Tacuapizal, comenta la gente, con disimulo, y sin también, que el “finadito Setembrino, que entonces no era finadito todavía, tenía cierta predilección morbosa por los animales, y no ecológica precisamente. Que en su rancho tenía una oveja (lanosa) muy cariñosa con él, y viceversa, o sea que entre ellos viceverseaban. Recursos de hombre soltero y tímido decían en el pago.

Y por eso ocurrió la tragedia que lo convirtió en finadito.

Una noche, Setembrino, como era su costumbre, regresaba del boliche bien pasado de copas. Noche de luna llena, como el pueblo era un hervidero de gente, prefirió caminar rumbo a su rancho por una oscura picada que atraviesa el monte; de pronto ¡se le aparece la lobizona! ¡horror! ¡terror! pero tentador ¡espanto!, pero no tanto…

La lobizona lo mira con sus llameantes ojos, mientras una baba espesa le chorrea de sus fauces. El finadito -que todavía no era finadito- desde el sopor del alcohol, también la mira con temblor miedoso, pero lujurioso, satiroso, rijoso. La loba se inflama, se excita, incita y precipita: de un salto se le abalanza y ambos caen trenzados en el pastizal. Sólo se oyen rugidos, gemidos, jadeos, estertores, aullidos espeluznantes que llegan hasta los ranchos donde las viejas mascullan padrenuestros mezclados con nacos de tabaco. Son rezos de temor por la maldición. Saben que Tacuapizal tendrá al otro día un habitante menos.

Después, la lobizona ya no aúlla, ni se excita, ni se precipita; muy campante se aleja por la espesura del monte.

En los ranchos termina el rosario y un viento lúgubre apaga las velas. La maldición es tapada por el silencio que es todo y nada…o algo, porque el “finadito” sale temblequeando del pastizal, por su aspecto, está cerca de ser realmente finadito, su sopor ya no es rijoso, ni satiroso, se arregla las pilchas, y calmoso, se va para su rancho. Está deshecho, pero satisfecho por el cohecho y marcha derecho.

Y fue todo un misterio por algún tiempo… después de varias lunas la Petronila comenzó a quedar “gruesa” (por el medio), y su madre, la temible viuda serial le hizo confesar el hecho, a despecho maltrecho, pero bien hecho y de aquella noche de luna llena.

-¡Vos te casás con la Petronila o te reviento a palos! –dicen que le dijo la viuda, y en Tacuapizal todos estaban seguros que iba a cumplir, y el más convencido era el Setembrino. Mientras la Petronila gruñía de contenta, porque la gente decía que seguro que de lobizona era más atractiva que al natural. La pobre era fea, pero tan fea, que hasta la terrible viuda se sentía linda a su lado. Y eso no era poca cosa.

Y el pobre finadito Setembrino, ante lo inevitable de su destino, tomó la decisión fatal. Desde entonces no se lo vio más por el pueblo, y cuando iniciaron la búsqueda sólo encontraron sus alpargatas en la orilla del arroyo: ¡El Setembrino se ahogó! Dijeron todos. Y rezaron y prendieron velas por el Setembrino. Había “nacido” el finadito.

Pasaron los meses y la pobre Petroloba, como la habían “bautizado”, se inflaba cada vez más (por la mitad) La ansiedad malsana de la gente les hacía decir ¡Ya van más de doce meses! ¡Seguro que nace con cuatro patas! (peludas) dijo una ¡Y con dos cabezas! -agregó otra- Una cabeza igual al finadito (negra) y la otra (colorada) igual al cura, que la bañaba a la Petro con agua bendita (en la oscuridad) para curar el maleficio -musitó la más insidiosa.

Así las cosas, no va que un periodista de El Territorio, curioso como zorro joven, lo encuentra al “finadito” vivito y coleando en una villa de Posadas.

¡La que se armó! Pero la que se armó de verdad fue la viuda serial que cuando se enteró lo llevó a palos al “finadito” que no tuvo más remedio que casarse con la lobizona (rechoncha)

Para la fiesta, porque hicieron fiesta en el pueblo, como no tenía plata para el asado, “el finadito” (Hamlet ovejuno) agigantó su dolor (ya era grande) porque tuvo que matar a su oveja (de blancos rizos)

El gran alboroto de la gente de Tacuapizal fue cuando nació el lobizoncito chizito, algodoncito: una criatura hermosa por donde la miraran, y dicen que hasta la Petronila se volvió linda con la maternidad (fue un milagro, algo magro, pero logro, dijeron, y le pedían milagros)

Desde entonces, otra vez, sólo hay lobizones machos… y nadie los quiere ver.



Breve muy breve reseña biográfica del autor


Benítez Aurelio “El charrua” -elcharrúa41@hotmail.com.ar-: CV: Maestro argentino.-

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