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Séptimo Encuentro de Escritores
Eldorado 2009
"Leyendo Leyendas"

La Ciudad Blanca

de Claudia Queiroz

Eldorado (Mnes-RA)


La ciudad blanca veía pasar la tarde blanca, con la blanca nostalgia de manchas extinguidas, mientras la gente blanca, enferma de melancolía, contaba que hubo otros tiempos, de cabelleras oscuras y ojos intensamente negros.

Pero nada quedaba después del holocausto. Arenas movedizas hacían que desaparezca todo intento de forma. De los ríos quedaban arterias secas, los vientos silenciosos borraron la música de la memoria y el cielo era apenas una parodia de nubes de humareda.

El viejo más viejo estaba allí sentando, sosteniendo a lo lejos la mirada blanca, cuando aquella tarde bajó la cabeza y entre dientes, comenzó a balbucear algo.

Decía que la luna se había tragado a la tierra y que desde entonces todos eran lunáticos, aseverando, apenas audible, que estaba próximo un visitante que haría parir de las entrañas moribundas, los genes que antaño explotaron con el núcleo.

Nadie prestó atención a sus presagios, salvo un niño que atinó a escucharlo y le preguntó con la fe de los niños, cómo se llamaba el señor del milagro.

__ Cazador de semillas- le respondió el viejo- y se sumió taciturno en largos silencios blancos.

Pasaron varias nubes, sin lluvia, nada conmovía el paisaje estéril, hasta que una mañana llegó el forastero, a interrumpir el hastío y comenzó a cavar en los terrenos descoloridos, gritando que allí cerca se escondía la esperanza.

Algunos se atrevieron a ayudarlo, hincaron las manos a su lado, se plegaron al grito cada tanto, y cavaron, con denodado esfuerzo, hasta sangrar glóbulos blancos. La ciudad quedó convertida en un cúmulo extraño de montículos y cráteres, que cada noche desaparecían a causa de las arenas movedizas y cada día, se renovaban en el intento inútil de sus habitantes que comenzaron a hartarse. Recordaron que las promesas falsas ya habían causado demasiado daño, decidieron unánimes condenar al destierro al que había prometido la esperanza, y el miedo, blanco, se apoderó una vez más, de cuanto había quedado.

El viejo volvió a callar mientras veía marcharse al que osó esperanzarlos, sentenciando con el índice, como sentencian los viejos, a cada ciudadano.

No muy lejos tropezó el forastero que arrastraba el fracaso. Los sabios, blancos, concluyeron que cayó en su propia trampa, en tanto él y su promesa falsa se perdían de vista en un hoyo de los tantos.

Escucharon el grito.

__ Sapucay- dijo el viejo- sapucay salvaje.

Y aunque nadie supo qué significaba, todos corrieron a cerciorarse. Cuando el hombre volvió a erguirse, un fulgor radiante le iluminaba la palma, resguardando la semilla a la que miraba extasiado, repitiendo como un lunático: Pitanga, Pitanga, Pitanga.

La sembró cuidadoso en medio del desierto y se marchó finalmente haciendo reverencias a todo lo blanco, que de tan blanco, ya no era inmaculado.

Por obra y gracia de las raíces de la nueva planta, la tierra se fue tiñendo de tintes colorados, los seres blanquecinos se rebelaron contra el miedo blanco y comieron sus frutos, hasta que sangraron glóbulos rojos y se les oscurecieron las pieles y se le ennegrecieron intensos los fondos de los ojos.

Volvieron a cavar, un poco más allá y un poco más acá de la Pitanga, encontraron otras simientes y sembraron, sin cansancio.

La ciudad fue desapareciendo entre círculos y triángulos que la selva dibujaba, apareció el horizonte como línea imaginaria, volvió el silbido del viento entre las copas, que a su vez, protegieron de sombras las arterias secas que esperaban los cauces.

Llovió la lluvia su furia hasta desagotarse, el celeste cristalino se instaló en la cúspide y abajo el verde predominó a ultranza.

Y el viejo más viejo anuncia desde entonces, que el verde es el color de la Esperanza.








Ka’a Pora


de Claudia Queiroz

Eldorado (Mnes)


Éramos chicos y jugábamos a ser dueños, en un paraje perdido en medio del monte, donde el espacio se nos ofrecía sin una sola pared de cemento, sin una sola vidriera, plasmado a los costados de un único camino colorado que bajaba hasta el arroyo tímido, y de allí subía a la casa de mis abuelos.

Él y mi padre trabajaban todo el día, nosotros aprovechábamos la libertad de una calle sin autos, la abuela permisiva, la gente sencilla, el olor a aventura que soplaba en el aire.

Guarda mi memoria postales que aún aparecen nítidas, las flores que se enredaban en los postes de la pérgola donde papá guardaba la camioneta, campanitas coloradas con las que intentábamos collares, la heladera a kerosene y la espalda de Ángela dando vueltas entre el patio y la cocina. El tronco hueco del potrero, la “casita” del Santo, las mariposas, los paraísos, la habitación chiquita donde los hombres hablaban por radio aficionado.

Entre el sol placentero de la infancia, en medio de un scenario perfecto para los sueños, arropada de mimos de todos los tamaños, me quedó el gusto amargo de la incertidumbre que me ganaba en las noches, los ruidos del silencio, la angustia del desvelo, como un castigo por habernos creído dueños.

Quizás la excitación del día fuera la que más tarde me robaba el descanso, o la acumulación inconsciente de misterios que, agazapados en la luz, desplegaban en lo oscuro, trocando mariposas coloridas por enormes cascarudos y sapos horrendos.

O las historias que el viejo Cáceres nos contaba a la siesta, aunque tengamos prohibido darle charla, y a la hora de las mandarinas nos sonaban dulces, hasta que llegaba el momento de irnos a la cama. “No le hagan caso, dice pavadas. Le picó una víbora trabajando en el monte y no quedó bien de la cabeza” era todo el consuelo que nos daba Ángela.

Pero su apariencia frágil, sus labores domésticas, su risa amistosa, inofensiva, sobresaliendo de la barba cana, eran una tentación demasiado grande para nuestro apetito de saberlo todo.

__ ¿Es cierto que te picó una víbora? preguntó mi hermana.

__ Ka’a Pora. Respondió en un susurro, sentándose sobre la pila de leña, elevando los ojos, hasta dejarlos en blanco, y aprovechando el trío boquiabierto que le hacía de anfiteatro, siguió contándonos.

__ Ka’a Pora, la dueña del monte. Estaba enojada, dijo subiendo el tono, los árboles cuando caen la ponen muy mala, y ese ruido que se escucha, no es de ramas que se rompen, es su grito, la maldición del demonio.

Y el viejo imitaba el estruendo, haciéndonos retroceder en yunta, hasta que, como si gozara de asustarnos, reía a carcajadas.

__ Yo era el mejor de los hacheros, el más bravo, por eso me escarmentó, me llevó por el sendero equivocado, y me arrastró donde viven la mula sin cabeza y el lobizón.

El relato de terror se hacía más tenebroso y sangriento a medida que el viejo caía en trance, nosotros presos, inmóviles, esperando ser salvados por la voz de la abuela que nos llamara para ir al arroyo.

De nada servía llegada la noche, la excusa de que era loco y borracho, sus sentencias macabras, recuperaban vigor y en medio del silencio eran espanto.

__ Cuando ya no queden árboles, cuando a ella no le quede voz, vamos a perdernos todos, van a venir a vengarse.

Pasaron los años, el paraje aquél se perdió entre chacras, plantas de tabaco, reforestaciones que hacen que el paisaje sea indistinto. Se acabaron los misterios, no queda nada del monte, ni la casita del Santo.

A veces pienso en Don Cáceres, en las pavadas que decía, y repito el susto que sentía después de sus carcajadas.

A veces, todavía, hago enormes esfuerzos por no creerle nada.


El Duende del zapato

de Claudia Queiroz

Eldorado (Mnes)


Tupungato del zapato, era un duende travieso que vino, dicen, del

tiempo en que la tierra se quebró en un estruendo y levantó en los

llanos, la columna vertebral de América Latina.

Fue envuelto en avalancha y cayó rodando, a tal velocidad, que sus

formas originarias quedaron convertidas en simple remolino de viento y

polvo.

Desde entonces rueda, aparece de repente en tardes de fogata o en

noches de relámpagos. Aparece es una forma de decir, porque nadie lo

ha visto virtualmente, se sabe que está ahí, entre el baile giratorio

de las hojas que arrastra, las chispas entre el polvo, o las

centellas del cielo.

Lo culpan de todo lo que se extravía en una casa, las tijeras, las

agujas, los papeles importantes y los zapatos. De allí el nombre.

Su condición de torbellino lo emparenta con las aspiradoras que

absorben poco más que la suciedad de las alfombras y es que ha ido

evolucionando con los años, ya que los chicos de ahora lo imaginan

parecido a esos aparatos de figura robótica con trompa, cable y botón

de encendido.

Él, en realidad, se ríe de nosotros, se divierte haciendo desaparecer

utensilios y documentos valiosos, nos turba el pensamiento, nos vuelve

olvidadizos, nos distrae con zumbidos, y una vez que cumple el

cometido de sacarnos de casillas, devuelve lo escondido y se va a

hacer picardías a otra parte.

Un día casi lo agarran en Yapeyú, sabido es que el viento no respeta

distancias, así que no hay que extrañarse de que estuviera jugando una

siesta cansina de verano en actual territorio correntino.

El niño de la casa, había salido descalzo, por el gusto que da pisar

la tierra del campo y a la hora de ir a la escuela no encontraba los

zapatos.

Todos los integrantes de la familia se pusieron a buscarlos, debajo de

la cama, adentro del ropero, en los baúles de viaje, la carreta, el

gallinero, hasta en el techo del rancho.

Un vecino viejo y sabio, dijo que era maniobra de Tupungato y que él

sabía como atraparlo.

Encendió una fogata, para calentar más el aire y quedó esperando el

revuelo giratorio de las hojas con un cedazo en la mano. El duende,

alentado por el desafío de seguir burlándose, cayó en la trampa, y

apenas pudo zafar de ser descubierto, aunque perdió una de sus piernas

en la redada.

Desesperado, asustado y confundido, porque los duendes también se

angustian y se confunden, trajo los zapatos de donde los había

escondido, los puso a la vista de todos y se metió en uno.

Desde entonces el muchacho llevó puesto un remolino en los talones,

sin advertirlo. Cuando llegó el momento de usar botas, el duende hizo

allí su morada perfecta y desde la punta de una de ellas, dirigió los

pasos del correntino.

Quizás por eso cruzó los Andes en su caballo blanco y libertó tres

pueblos del yugo hispano, arriado por el destino, impulsado en el

ánimo por un duende travieso que lo llevó a las cimas de donde

proviene y luego fue a parar a los pies de muchos otros, incluyendo

los del poeta que inspirado en sus cosquillas escribió para nosotros

“caminante, no hay camino…”

Después hicimos estatuas del correntino y los chicos modernos, le

dieron al duende forma de aspiradora, porque no conciben función que

no dependa de enchufe y cable. Él, claro, sigue escondiendo zapatos,

y como anda enojado con las comparaciones en que ha derivado su

apariencia invisible, nos oculta también, el coraje, el espíritu de

sacrificio, la honestidad de palabra y obra y nadie encuentra las

convicciones entre tanto remolino.

Hasta que vuelva a refugiarse en un zapato que calce hombre o mujer,

capaz de prestarle pies al valiente Tupungato.






Breve reseña biográfica de la autora

Queiroz Claudia (queirozclau1@gmail.com) “Si fuera por mí solo diría Claudia Queiroz (Argentina) pero es un poco pobre ¿no? así que ahí van mis datos. Nací el veinticuatro de Octubre de 1960 y para darle importancia al asunto podría agregar que eso fue precisamente una semana antes de que llegue al mundo Diego Armando Maradona, acá en Eldorado, donde cursé mis estudios primarios y secundarios. En el año 1976, por cuestiones de trabajo, mi familia se mudó a la ciudad de Buenos Aires, donde asistí dos años a la Universidad de Belgrano, Facultad de Ciencias Sociales, para intentar recibirme de profesora de historia. mis empeños llegaron hasta 1980 en que a causa de fuertes añoranzas volví a mi pueblo, dejando lejos a mis padres y a mis hermanas. mis intentos literarios no están avalados por otra cosa que no sea la pasión que me provoca el intento de extenderme en las palabras, escribo por placer, por gusto, por convicción y sobre todo, por necesidad (espiritual, no económica) elijo temas humanos, me encanta improvisar fantasías de las personas hacia adentro, antes que de las personas hacia afuera, es decir, suelo hablar de Sentimientos. No tengo obra propia publicada y a este ritmo, dudo mucho de que eso pase algún día, de todas maneras, desde que integro el Grupo Literario Dementeazul, esa posibilidad se aproxima, ya que con ellos participo de las antologías que con mucho esfuerzo se editan para nuestros encuentros”. Publicó en varias antologías del Grupo Literario Dementeazul y “Se viene Andrés en el Viento” en Oct/07 (th barrios rocha ediciones)

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