Los Otros
Carina Ruggiero
Eldorado (Mnes)
Teníamos el jardín más bello, las frutas más sabrosas.
Milar jugaba con caracoles, los caracoles son perfectos para los niños. Yo prefería las mariposas porque las mujeres soñamos con tonalidades vibrantes… diseños novedosos.
Los días de lluvia, cuando los insectos se escondían entre la hojarasca y perdíamos el ánimo, nos sentábamos en el suelo y con los brazos cruzados poníamos cara de aburridos. Entonces la abuela, que era la más ágil de todos, subía hasta la copa de los árboles y traía frutas y miel de yateí para dulcificarnos.
Éramos una familia feliz, una pequeña familia pero grande al fin, que vivía en el monte, aceptando lo que la naturaleza proporcionaba y sintiéndonos parte de ella… hasta que aparecieron “Los Otros”.
De súbito, una mañana estaban aquí y allá. Nosotros, desacostumbrados al ruido, oímos las pisadas y huimos sin volvernos, recién cuando alcanzamos una distancia prudencial comenzamos a examinarlos.
No se parecían a nada que hubiésemos visto anteriormente, los que ya conocíamos nunca trajeron problemas, pero éstos eran diferentes, por fuera y por dentro. Eso dijo papá adelantándose a los hechos y aunque mamá cuestionó su acelerado veredicto, más tarde se vio obligada a darle la razón.
Primero trajeron unos animales enormes. Montados en su lomo iban y venían formando montañitas marrones y espantando cuises y armadillos, luego levantaron una casa de troncos y se quedaron a dormir todas las noches.
Nunca voy a olvidar cuando colgaron sus ropas junto a las ropas del yaguareté, es decir de su cuero, que abierto de par en par, terminó aireándose sin dueño a la suerte de la tarde.
Ese día lloramos todos.
Los árboles fueron desplomados uno a uno hasta que el horizonte se pudo ver desde el ras del suelo. Yo no había visto nunca el horizonte tan de cerca, porque para observarlo había que subir como la abuela hasta el cielo de la selva, y a mí las alturas me dan escalofríos.
Ahora el sol brotaba de la tierra, y tenía que trepar muy pero muy alto para que no advirtiéramos que faltaban los árboles.
Ya no nos dejaron jugar en el jardín, ya el jardín fue desapareciendo y con él nuestros juguetes. Entiéndase: los caracoles…las mariposas cromadas…
Milar y yo poníamos cara de aburridos aún en los días más hermosos pero la abuela no tenía de dónde recoger miel y frutos.
Fue entonces que ideé mi venganza. Al fin y al cabo, no tenían derecho a despojarnos de lo que nos pertenecía desde hacía miles y miles de años.
Víctima del fastidio acarreado durante meses, tuve tiempo de sobra para planear estrategias y una noche me aventuré al desafío de filtrarme en su casa.
Armándome de coraje, conteniendo la respiración y casi sin hacer ruido abrí la puerta. Una vez dentro, moderé los pasos revisando las habitaciones hasta llegar al cuarto de sus hijos.
La niña, igual que yo, adoraba los diseños novedosos. Lo supe enseguida al observar los vestidos, los moños de puntillas y finos rasos.
A un costado de la cama reposaba su muñeca, luciendo el mismo atuendo pero hecho a medida de miniatura. Era tan bonito que no resistí la tentación de probármelo y al verme reflejada en los vidrios del ventanal, primorosa como una reina, decidí conservarlo.
Investigué unos segundos más en silencio. Quise averiguar cómo olían, cómo dormían envueltos en esas telas delicadas.
¿Habrían soñado alguna vez con sus vecinos despojados?
La certeza de que no nos tenían en cuenta ni siquiera en sueños, acrecentó mi sed de venganza. Entonces evoqué mis mariposas perdidas, los caracoles sin jardín de Milar, que la señora envenenó para que crezcan fuertes y altas las flores que enterró en el lugar de los mamones.
Un sabor amargo me quemó la garganta. Quizás fue rabia, o culpa, o todo mezclado, pero me sobrepuse rápidamente ya que un gato gordo y peludo comenzaba a mostrar los colmillos y a frotar sus uñas contra el suelo.
Antes de que sus zarpas pudieran capturarme, practiqué un salto magistral y olvidando el miedo a las alturas me lancé por la ventana con el vestido flameando al viento y una muñeca desnuda, que abría y cerraba los ojos, muerta de espanto.
El llanto comenzó temprano y durante todo el día pudimos escuchar a la pequeña reclamando su muñeca a grito tendido.
“Los Otros” iban y venían como un enjambre nervioso. Revolviendo, buscando, tratando de revelar el misterio del juguete extraviado.
Ahora sabrían qué se siente, cuándo a uno le roban las cosas que más quiere en el mundo.
De ahí en más, la vida transcurrió naturalmente y cada vez que nos quitaban algo, yo me encargaba de hacer justicia a mano propia escondiendo sus pertenencias en algún rincón de la selva.
Nunca se fueron, nunca conseguí echarlos, pero por lo pronto, comenzaron a tenernos en cuenta…a respetarnos.
A creer en nosotros…los duendes.
Breve reseña biográfica de la autora
Carina Ruggiero -carirugg2002@hotmail.com- nace en Buenos Aires, pero a muy corta edad se muda con su familia a Mina Clavero, un pintoresco pueblo de Córdoba que le permitió crecer en contacto con la naturaleza y en donde descubrió que la suya corresponde al universo artístico. Estudió Comunicación Social en la UNC y años después se radicó en la Ciudad de Eldorado Misiones donde vive actualmente. Su existencia resume una biografía llena de sorpresas, peregrinajes y hallazgos donde incursiones musicales, plásticas y retóricas fueron el timón de un recorrido esencialmente ajustado a los sentimientos. Editó el libro “Historias de Sal, Pimienta y Amor” a fines del 2004 e Integra diversas antologías. En junio de 2007 es galardonada con el “Libro de Plata de las letras Misioneras” Trabajó en Medios de Comunicación e integró grupos folclóricos interpretando instrumentos de viento. Realizó exposiciones de obras escultóricas y tapices y al presente dirige la Casa de Arte LOLA MORA en la cuál dicta talleres de Plástica y Literatura para niños y el Portal MATE CULTURA ON LINE ( www.mateculturaonline.com.ar)