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Séptimo Encuentro de Escritores
Eldorado 2009
"Leyendo Leyendas"

El Silbo *

de Blanca Salcedo

Formosa (RA)

Los árboles son filas de sombras que se inclinan corriendo a los lados del carro mientras la luna los persigue, si y no, entre cada uno de esos seres altos y grises que se deslizan a los lados del camino sinuoso.

El hombre hace un círculo con el brazo, como un violento saludo al cielo y le responde el chasquido seco del látigo. Un salto del carro y la carrera se vuelve más desenfrenada, de la parte de atrás surge entonces el alarido y el hombre cierra los ojos y vuelve a apurar a los caballos. Quiere llorar y gritar como su mujer a la que le late el vientre, pero aprieta los labios porque sabe que ya casi no le quedan oportunidades y el pueblo esta lejos y el hijo, su hijo tan deseado y esperado tiene que llegar al caserío antes de desprenderse del vientre que los protege.

Sombra entre sombras, el carro fuga entre las vueltas del camino que es a veces solo una pequeña huella que él adivina con su instinto de hombre criado en el monte. Salta el agua de los charcos como una cortina partida, mientras el barro se desparrama a los lados y las ruedas se hunden y quieren detenerse, pero la mano del hombre es más fuerte, su grito más potente y los animales reconocen la urgencia del amo.

-Roque! - el tono le dice que ella necesita un respiro.

Tira las riendas y los caballos resuellan, apagando el paso, bufan espuma y están tan cansados que ni siquiera se encabritan. De un salto, él está en la parte posterior, donde un fondo de paja y una sábana mal colocada sirven de lecho a la parturienta. La acomoda con ternura pero rápido. Ella sonríe en medio de los jadeos, conoce a su hombre y sabe que es un abrazo apurado lo que recibe.

Es entonces que vuelven a escucharlo.

Igual que cuando comenzaron los dolores en el rancho, cuando se anunciaba el hijo. En aquel momento había iniciado, como un pequeño viento que apenas se filtrara entre la ramazón y el hueco de la ventana. Fue cuando Roque supo que Él quería a su hijo y cambió los planes, no iba a ir a buscar a la comadrona, iba a llevar a su mujer al pueblo, donde hubiera gente que pudiera protegerlos, donde no se animara. Pero fue en vano, el señor de la noche los seguía, no iba a renunciar sin pelea.

Ahora lo vuelven a escuchar y parece sonar a burla, como si la escapada y la carrera, le resultaran un juego divertido. Roque aprieta los hombros de su esposa y se apresta a volver a las riendas cuando siente el gruñido. Pocos metros atrás del carro esta Pañuelo, su perro. Hasta ahora no había caído en la cuenta que los ha seguido. Pañuelo, el perro negro con la mancha blanca en el cuello que le diera nombre, su compañero de siempre en los devenires carreteros, el animal valiente que, pese a lo agitado de su respiración, gruñe y se enfrenta a algo que es una sombra, un reflejo enredado en las púas del caraguatal. Estático lo ve luchar, estremecerse, con algo que es nada pero esta. Ferocidad en el perro, silencio en la sombra, hasta que un silbo agudo que se aleja le arranca un suspiro a la mujer.

Roque no puede sentirse aliviado, ve al perro que vuelve tambaleándose, con un temblor espasmódico en el cuerpo y las piernas endebles. Sin decir nada lo ve recostarse a morir. Baja de un salto porque, aunque sabe que debe seguir no puede dejarlo sin aunque más no sea una caricia de despedida. La luna llena, con esa precisión extraña que suele tener en el monte, se asoma para alumbrar el rostro del animal. Y allí ve Roque un ojo abierto del cuerpo que yace y, detrás de la muerte del ojo, la mirada. Es una mirada maligna, una luz oscura que no pertenece a su perro, una mirada de odio y muerte que lo aprisiona con atracción hipnótica,

El alarido de la mujer lo devuelve, su hijo no nacido le dice que deben huir.

Otra vez el carro vuela por el estrecho camino, la mujer se bambolea apagando su dolor en un pañuelo que muerde con fuerza para que su hombre no se distraiga.

La noche corre con los árboles.

El silbo vuelve entonces. Está casi encima.

La mujer siente que ya no puede contener al niño, siente la cabeza asomando entre las piernas. Su marido no necesita darse vuelta para saber lo que pasa, el triunfo en el tono del silbo es suficiente. Un tirón y el salto del carro le anuncian que uno de sus caballos ha caído muerto, apenas logra evitar que tumbe, pero están varados. Han perdido.

Decidido, se baja y empuña el facón para dar la ultima e inútil lucha.

Con los ojos llenos de lágrimas escucha sonidos que se mezclan. Tarda un tiempo en descifrarlos, porque debe superar primero el asombro. Ha cantado un gallo, ha gritado su hijo y se ha escuchado un silbo furioso y largo que se ha ido diluyendo en el viento.

Mira hacia el este y recién entonces puede poner en orden los sonidos. La noche se ha ido. Son salvos.



* Del libro Selva Oscura



Breve Reseña biográfica de la autora

Salcedo Blanca (bs3141592@yahoo.com.ar) Formosa (Arg) - Escritora y videasta formoseña, cultiva principalmente el cuento, aunque ha sido reconocida por su poesía - Libros Publicados: 1994 – Breviario (cuentos) 1995 – Proyecciones Peligrosas (cuentos fantásticos) 1996 – Azul Profundo (cuentos) 1997 – Sol de Cobre (cuentos) 1999 – Cuentos con Bronca (cuentos) 2004 – Lunas Heridas (poesía). Publicaciones en Antologías: (Últimos) … 2003 - Curumí – Antología internacional Brasil-Arg (cuentos infantiles) 2004 – Cuento Gotas IV – Antología internacional. Brasil-Arg (cuentos) 2004 – Poesía de Raíces Mágicas – México (poesía) 2005 – 1er Encuentro de Poetas del Mundo VOCES PARA LA EDUCACIÓN – Mex - Otras publicaciones: . Diario La Mañana (Fsa). La Prensa (Bs. As.) . El Norte (Chaco) . Revista Hojas Literarias (Bs. As.) . Revista Che (La Pampa) . Revista Museo Salvaje (La Pampa) - Publicaciones como editora o co-editora: 1994-1997 – con Aldo Cristanchi publica la revista LA TECLA 1999-2001 – Edita Cuadernos Literarios para promover autores formoseños.

Grupo Literario Dementeazul thbarrios@gmail.com TE 03751-430297 - Cel 03751-1547 7333